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you're looking through the eyes of a psycho, an american psycho {Lincoln}

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you're looking through the eyes of a psycho, an american psycho {Lincoln}

Mensaje por Astrid. F. Bergman el Miér Mar 07, 2012 6:03 pm

A Astrid no le gusta estar en casa. Se nota cuando toma el abrigo y sale con un suspiro. ¿Está cansada, aburrida? Harta. Un poco de todo. —Volveré en un rato, mamá.—dice, y cierra la puerta tras ella. Hace calor, muy a la costumbre de ese pueblo endemoniado. Le hubiese encantado haber salido de allí esas vacaciones. A otra de las casas que están esparcidas por el país al nombre de los Bergman. Pero, como de costumbre, sus deseos no han sido oídos. Debe acostumbrarse de una vez por todas, ¿Cierto? Pero le cuesta. Sigue queriendo tener todo con sólo chasquear los dedos y que sus padres se sigan refiriendo a ella como La reina y señora Astrid Frejya, pero no sucede.

Ya no. Suspira, y saca del suéter naranja el celular. Pulsa un botón que la lleva a la agenda y ve los contactos. Un par, Ronney -la hermana de la muertita Sophie-, el de su madre, demás familiares y, abajo, el de Lincoln. Se muerde el labio inferior. Lincoln, Lincoln. ¿Cuándo había anotado su teléfono? Ah, pues sí. Cuando lo escuchó de lejos decírselo a una chica, ¿Qué clase de chica querría el teléfono de ese rubio raro qué le recuerda a Kurt Cobain? Ninguna normal, y Astrid tiene la suerte de no poder ser catalogada como normal ni aunque lo deseara, cosa que, gracias a Dios, no sucede.

¿Le atrae Lincoln? Le atrae cualquier persona que sepa de música o sea un potencial asesino. Y Lincoln parece ser parte de las dos. Claro, claro, que no es ni la mitad de bello que Cobbs, el del bar, pero tiene lo suyo. ¿Obsesionada? Para nada, debería ser al revés. Ella no es la que aparece de pronto dónde está el blondo, es particularmente él. Pero aún así guardó el teléfono del chico, lo que la hace ver como una psicópata, y un par de veces han hablado. Astrid charla con soltura cuando habla con una persona tan despreocupada y extraña como él, además de que si la charla no contiene ningún “Me gusta tu voz” o “Que linda eres” Astrid hasta puede bromear. No le gusta que le digan cosas así, la pone nerviosa y lo más probable es que borre el número del sujeto y apague el celular. Pulsa el botón de mensaje de texto y escribe un ¿Qué hay, american psycho?

Lo envía, con la mirada en el celular, tan fuerte que parece que lo traspasa. Sospecha que el teléfono de Lincoln suena con alguna canción de Nirvana, lo ve muy cómo él, o quizás The Misfits, hay un mundo de posibilidades. También sospecha que algún día le preguntará ¿Cómo conseguiste mi número de teléfono, tú? acompañado de un “nunca te lo di” y Astrid contestara alterada con un Claro que me lo diste, aunque claro, el nerviosismo no traspasara el teléfono y es probable que no lo note.

Sigue caminando y esperando el mensaje de vuelta, o lo que sea. Comienza a silbar, ese silbido de la película de Kill Bill, mientras mueve su cabeza de izquierda a derecha, agitando las hebras claras y el sombrero que trae puesto al compás. Comienza a caminar hasta acabar en la playa. Sí, en la playa, ella ama la playa y no quiere que acaben deshaciéndose de algo tan bello como eso, es el único lugar dónde puede estar completamente en paz y armonía, si pudiera, se casaría con ella. O se pondría a vivir allí porque a eso se le puede ser catalogado como un hogar. Se acomoda bajo el puente, el lugar dónde los peores, como ella se juntan. Se muerde el labio inferior y se acomoda el sombrero oscuro, mientras se sienta en la arena extendiendo las piernas y cruzándolas a la altura de los tobillos. Se quita los zapatos, tranquilamente, y se queda mirando el quiebre de las olas en las piedras. Le encanta, tan tranquilo todo, inmutable. Astrid adora estar allí tranquila, viendo la jodida inmensidad del mar. Ahora mira hacia los lados, para cerciorarse si hay alguien o no, pero no parece encontrarse ni un alma allí.

Que raro, siendo la playa. y siendo esta parte de la playa piensa, mientras toma el celular de nuevo de su abrigo y entra al apartado de música, presionando el dedo contra la pantalla. Pone Smells like teen spirit, que además es el tono de llamada entrante, y lo apoya en la arena. Una vez casi se lo pisan y Astrid se puso de pie y le escupió en la cara a la imbécil rubiecita tarada esa. Bueno, Bergman también es rubia, pero no es ninguna tarada, y no es tan rubia, es más, es castaña clara que es muy distinto. Que el enfoque de algunas luces le haga ver más claro el cabello es otra cosa diferente. Como las luces de las aulas de la escuela o la de los pasillos. Se le revuelve el estómago al pensar en todos esos imbéciles qué le han hecho la vida imposible, y claro, ella también les hizo la vida imposible a ellos. A más no poder. Canta en voz baja lo que su hermoso, hermosísimo Kurt dice. Oh joder. ¿Por qué gente cómo él debe estar muerta y todos los de aquí vivos? No lo entiende. Espera que algún día caiga un meteorito y acabe con todas esas almas en pena. Sonríe de lado. Le encantaría ver eso. En verdad. Se quita el suéter, y lo acomoda en las piernas, para que no caiga a la arena y se ensucie, porque después los granitos nadie se los puede sacar. Tiene calor, carajo. Pasa la canción y pone American Psycho.

Baja la vista a los brazos, viendo las hermosísimas obras de arte que lleva allí, esas marcas qué cualquiera ve como terribles, pero que para Astrid no se comparan con nada. A veces la miran raro en la calle, pero ¿También importa lo qué dicen acerca de la pobrecita de los Bergman? No, ni si quiera le mueve un pelo. Recuerda cuando, una vez, le dijo una muchachita Rajarte las venas solamente retrasa tus problemas. Le dijo eso en los lavabos de las chicas. Fue una de esas veces en las que solamente quería golpear –a quien fuera- contra la pared y después que la jodida tierra la tragara de una vez.

Apoya el mentón en las rodillas y las envuelve en los brazos, hasta que baja uno en el momento en que cree haber recibido un mensaje. Sonríe de lado y toma el teléfono, acomodándose un mechón de pelo rubio detrás de la oreja. Espera que no sea un Te veo desde donde estoy o algo así. Abrumador, le llamarían a un mensaje así.
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Astrid. F. Bergman

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Re: you're looking through the eyes of a psycho, an american psycho {Lincoln}

Mensaje por Lincoln V. Reichs el Miér Mar 07, 2012 9:19 pm

Dicen que las personas que no temen a la oscuridad es dado a que no tienen imaginación lo cual, verdaderamente es mierda. Y mierda de la más pura ya que el único punto bueno que han logrado destacar en el rubio de ojos negros es su capacidad infinita para la imaginación. Y todos los psicólogos y médicos lo dicen, eh. No solo su madre, quien toda su vida ha repetido que Lincoln es muy imaginativo en cuanto respecte a hacer y hacerse a sí mismo daño, joder y ser un bicho raro. Muchas veces le ha dicho ‘hijo, en el campo de las desgracias eres toda una gran innovación’. Pero, ¿qué más da? Sí, es una innovación… esa innovación que acabará matándolos a todos y cada uno sin dudarlo ni el más mínimo segundo. Muchas veces se pregunta si otra célebre y festejada frase también puede llegar a ser mierda: “perro que ladra, no muerde”. Él cree firmemente que sí lo es a pesar de que muchas veces se ha cuestionado el hecho de, cuando llegue el día, si podrá jalar el gatillo delante del rostro de todos y cada uno de los que alguna vez lo llamaron “bicho raro” y… los que no, también.

Juguetea con el anillo plateado que adorna su pulgar derecho, a él no le molesta la oscuridad, es decir, de la oscuridad venimos, ¿no? Todos los niños nacen ciegos, y lo único que conocen es la oscuridad de la matriz materna, siendo ese su mundo. Así es como, en algún punto, muchos de los seres vivos acaban de nuevo en esa oscuridad sus días. La muerte es eso, ¿cierto? Oscuridad y de la más profunda. Sus ojos vagan de un rincón a otro del averno en que ha convertido su habitación, cerrando puertas y ventanas y apagando las luces ha logrado recrear su propia muerte: ese universo netamente negro en el que desea sumirse lo más rápido posible. Siente golpes sonoros en el piso de la habitación, de seguro es su madre tratando de que salga de una puta vez de la habitación. No tiene consciencia de qué hora es pero supone que es lo suficiente para no poder decir ni temprano, ni tarde.

Se levanta de la cama lentamente, parando en seco al sentir cómo la sangre se agolpa en sus sienes y logra marearlo. Sonríe, esa sensación es preciosa… y él es tan idiota. Se pone de pie, tropezando algunas veces con lo que, cree, es ropa desparramada por el suelo de madera del pequeño agujero al que su madre ingenuamente llama ‘habitación’. No lo es, es su cueva, su centro de actividades. Allí ha pasado noches y días enteros pensando en la manera de acabar con todo y todos, también. Se desliza en la oscuridad hasta el lugar de dónde la música parece salir flotando. ¿Qué música? Su hermoso ruido blanco: Nirvana. Hace girar con lentitud la manivela que activa la elevación del volumen al que la música se reproduce, logrando con orgullo que las paredes y el suelo retumben bajo los acordes divinos de la canción más bella jamás escrita: Lithium. Es mucho, muy psicópata de su parte que esa sea su canción preferida en todo el maldito mundo, sí, lo acepta ante quien desee comentarlo, pero no por eso dejará de adorar esa perfecta balada neurótica que solo podría ser entonada por su querido Kurt. Y quien quiera que ose cantarla será asesinado por él, nada más ni nada menos.

Lanza un sonoro suspiro, que parece ser mudo oculto por el exorbitante volumen del sonido que lo rodea y envuelve como en una espiral trastornada y neurasténica. Se vuelve a poner en movimiento, esta vez con mucha más lentitud debido a que, al mareo, se le suman los saltos que su maltrecho cerebro está dando dentro de su cráneo. Se tropieza, como esperaba, y cae de bruces al suelo riéndose como un loco maniático. Siente algo doloroso clavado en la parte derecha de su abdomen y teme haberse caído sobre la navaja, la cual hace días que no logra hallar, o algún objeto punzo-cortante que pudo haber llevado a su habitación en uno de sus constantes delirios. Como es más que obvio, su primera reacción es que su mano vuele hacia el lugar donde siente la punzada, para corroborar nada más si debe llamar a su madre a los gritos para que lo salve de morir desangrado pero, gracias a quién sabe qué dios, no hay ninguna herida ni fluido vital que esté intentando abandonar su cuerpo por la fuerza.

Toma esa mierda, lo que sea que fuera, y lo acerca a su rostro para comenzar a presionarlo con fuerza ya que en la oscuridad no puede adivinar qué carajos es hasta que, por arte de magia, se enciende con una luz que lo deja estúpido durante algunos segundos. Es su celular que, dicho sea de paso, posee en la delicada pantalla, un aviso enorme que intenta ponerlo sobre aviso de que alguien –increíblemente- ha recordado que él existe y le ha enviado un mensaje. Pero no se hace ilusiones, de seguro ha sido alguna de las imbéciles propagandas que le envían recurrentemente desde la central de la compañía de telefónica. Lo abre como quien no quiere la cosa, aún desparramado en el suelo, y lo lee con una ceja alzada para expresar desconcierto.

“¿Qué hay, american psycho?”

En dicho momento, se está preguntando con mucha educación quién carajos le enviaría un mensaje tan jodidamente imbécil a él, interrumpiendo el momento glorioso en que se dedicaba a escuchar su CD preferido de Nirvana. Dios santo, cuanta gente imbécil. Piensa, como cualquiera que recibe un mensaje a su celular del cual desconoce el remitente, en no contestar y simplemente dejar que el pobre imbécil se joda en su idiotez de enviar un mensaje equívoco. Pero no, no puede ser errado ya que no hay mucha gente que lo llame “american psycho”, es decir, solo hay una persona que él sabe de buena tinta que es propensa a llamarlo de esa manera tan tétrica. Su nombre empieza con A. ¿Ya tienes una pista? Acaba con strid. Sonríe para sí mismo y se sube a la cama, recostándose a sus anchas para contestar mucho más cómodo el mensaje. ¿Cómo está tan seguro de que es ella? No lo está, pero lo averiguará en menos de lo que canta un gallo.

“Aburrido. ¿Y tú, señorita Bergman?”

Se pregunta cómo carajo consiguió su número telefónico, pero poco le importa, esas mierdas de comunicación moderna tampoco son un secreto de estado como para andar intentando guardarlas bajo quince llaves con candados de máxima seguridad. Enlaza las manos detrás de la nuca luego de dejar el teléfono cerca de su oído donde, por sobre la música, pueda oír el tono que le comunica que ha llegado un mensaje de texto. Cierra los ojos y suspira, ojalá Astrid tenga algo divertido que proponerle... como quemar una casa o asaltar un banco al mejor estilo Bonnie y Clyde. Vale, sí, se está yendo por las jodidas ramas, pero ella es una chica bastante interesante para tener la edad que tiene y es una de las personas que él considera más 'cercanas' en su puta vida. Todo un lujo, algún día deberá comunicárselo... solo por ver su reacción.



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